El trabajo


De niño sueñas con lo que quieres ser de mayor, de mayor te despojan de los sueños, te arrancan toda ilusión y te convierten en mera herramienta y como tal cumple lo que se te ordena y calla.

Terminé de estudiar Sociología en diciembre de 2007, todo un regalo de navidad pensé, menudo gilipollas. Entrar al mercado laboral en la actualidad es verse sometido a una tortura que aniquila tu autoestima.

Para los puestos que te interesan no estás suficientemente cualificado, y nunca lo estarás porque nadie parece querer darte una oportunidad, no importan la ilusión, las ganas o las capacidades que tengas. Además, tendrías que atravesar las filas de los enchufados, que son un batallón dolorosamente numeroso.

La desesperación te lleva a buscar trabajo de lo que sea, pero tampoco pareces interesar a nadie. Ahí te ves en casa cuestionándote lo que haces mal. Desmoralizado, indignado y apurado porque las facturas se acumulan, la cartera está vacía y así pasan los meses.

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En tiempos de crisis la gente se replantea el marxismo


Karl Marx

Con la crisis llegaron la preocupación y las dudas, dudas que incluso llevan a cuestionar el sistema económico, reflexión que por cierto se había quedado un tanto olvidada.

Ahora la gente parece que vuelve a interesarse por la obra de Karl Marx, ya que El Capital, “la obra esencial del filósofo alemán volvió a ser éxito de ventas en su país natal: en medio de la crisis financiera, en las tres primeras semanas de octubre, se vendieron 417 ejemplares, prácticamente la misma cantidad de ventas que se hicieron durante todo el 2005, cuando se comercializaron 500 ejemplares“.

En octubre de 2008 las ventas totales ascendieron a 2.400 ejemplares de El Capital. Según el editor, Schütrumpf: “Si Marx se vende bien, es que la sociedad va mal“.

Como parece evidente no toda la sociedad alemana está redescubriendo la obra de Marx, Schütrumpf señaló que los más interesados y los principales compradores de la obra del filósofo alemán son sobre todo los jóvenes estudiantes de 20 a 25 años.

Sin embargo me llama la atención que ahora, de repente, no es que todo el mundo haya ido a una librería a hacerse con una copia de El Capital, pero si que ha resurgido cierto interés por la obra del sociólogo alemán. Quizá sea verdad que estamos asistiendo a una muerte lenta del capitalismo, aunque conociéndolo diría que de muchas peores también ha salido, por lo que tampoco esta crisis y algunas de las críticas necesariamente deben hacernos pensar que algo nuevo se está fraguando.

Ausencia, encuestas y datos estadísticos


Antes que nada disculpen estos días de ausencia, pero he estado esta última semana metido en el aeropuerto la mayor parte del día haciendo encuestas, y realmente me quedaban pocas energías para ponerme a escribir para el blog por la noche.

Hacer encuestas es un trabajo cansado, al menos a mi me lo parece. Tener que repetir constantemente lo mismo a lo largo del día, con la única diferencia que lo haces en varios idiomas diferentes, cansa. A ello hay que sumar que tratas con gente frecuentemente muy reacia a rellenar un cuestionario, a pesar de que sea anónimo, e incluso a gente realmente maleducada y desagradable.

Sin ser esto el resultado de un estudio estadístico bien fundamentado, simplemente apreciaciones fundamentadas en mi experiencia, puedo concluir que las personas más dispuestas a cooperar son los ingleses, realmente geniales, en un único vuelo puedes hacer un gran número de encuestas sin mayores complicaciones. En el lado opuesto, los alemanes, gente apretada donde la haya, la amargura se respira a metros de distancia del lugar en el que están congregados esperando embarcar. Desagradables, toscos, maleducados y carentes de unos mínimos de educación. Evidentemente esto es una generalización, en ambos grupos hay gente agradable y desagradable, pero la balanza se inclina bastante de la forma descrita con anterioridad.

Por cierto, y para los que se preguntan acerca de los españoles, pues decir que son un desastre. Al menos para quienes queremos pasarles unas encuestas ya que nunca están donde se espera que estén, en la puerta de embarque, un rato antes de que se efectúe el mismo, allí nunca hay nadie, o los que están son de cualquier parte del mundo menos de España. Allí te quedas con cara de pánfilo esperando a ver si aparece alguien por allí, pero no sucede, quizá una o dos personas, de las cuales a lo mejor una te rellena el cuestionario. Supongo que cualquiera que haya hecho encuestas en un aeropuerto se habrá desesperado con la desorganización española, ya que llegar cinco minutos antes de embarcar no te deja tiempo, a ti como encuestador, de hacer nada.

Sin duda es interesante ver que si existe un cierto comportamiento, no diría generalizado, pero si frecuente, que comparte un amplio número de las personas que vienen de un lugar geográfico similar. Y todos tienen lo suyo.

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Guaguas ateas


Me pareció interesante la reflexión de Salvador Giner acerca de las guaguas ateas y de la posible aparición de estas en España.

Se despedía el año catastróficamente –retumbaban explosiones que se escuchaban desde la cumbre sagrada del Monte Sinaí- cuando a una asociación cívica se le ocurre publicitar el ateísmo en los flancos de los autobuses barceloneses. Ya tuve ocasión de comentar, en las acogedoras páginas de este diario, la iniciativa de otra asociación pareja, inglesa, para hacer publicidad atea en los autobuses londinenses (8-XI-2008). Mi argumento de fondo era que, en una sociedad libre, no se debe excluir el derecho de los teoescépticos a hacer uso de ella.

Antes de que los elementos más reaccionarios se rasguen sus rancias vestiduras ante la primera iniciativa europea de propaganda atea en la calle –tras Londres- convendría que nos explicaran, por poner un ejemplo, porqué no hacen lo propio con la abundante publicidad de los lupanares que ofrecen señoritas exóticas en la prensa más bienpensante del país. Que dieran buena cuenta de porqué no se oponen a la venta de publicaciones supersticiosas –la llamadas esotéricas- o porqué no condenan el proselitismo que ejercen ciertas sectas religiosas de evidente peligrosidad para los ingenuos. Sobre todo, convendría saber qué derecho asiste a estos enemigos de la libertad de pensamiento para condenar a los ateos a que callen su visión del cosmos y la vida.

Uno no puede esperar mucho de personas que, en otro orden de cosas, sostienen que la evolución de la humanidad es fruto del diseño inteligente de un ser esencialmente externo a su propia creación. (La falacia providencialista fue ya denunciada a fines del siglo XVII, convincentemente, por Benito de Spinoza.) Su diseño inteligente incluye a Tamerlán, Gengis Kahn, Adolf Hitler, Josip Stalin, los Khmeres Rojos, la Santa Inquisición y demás amantes de la humanidad. Hay una profunda afinidad electiva –poco obvia, es cierto- entre creer en semejante diseño y disputar el derecho de unos buenos ciudadanos a manifestar su teoescepticismo.

Supongo que si finalmente rondan por las calles barcelonesas, o quizá también de otras ciudades españolas en un futuro, darán bastante que hablar.

La teoría de las ventanas rotas


Supongo que ya muchos sabrán de qué se trata cuando hablamos de la teoría de las ventanas rotas, pero aún así nunca está de más recordarlo. Yo mismo recuerda haber estudiado algo acerca de esta idea, pero realmente no me acordaba hasta que he leído un artículo en referencia a la misma.

La teoría tiene su origen en un experimento que llevó a cabo un psicólogo de la Universidad de Stanford, Philip Zimbardo, en 1969. Abandonó un coche en las descuidadas calles del Bronx de Nueva York, con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas. Su objetivo era ver qué ocurría. Y ocurrió algo. A los 10 minutos, empezaron a robar sus componentes. A los tres días no quedaba nada de valor. Luego empezaron a destrozarlo.

El experimento tenía una segunda parte: abandonó otro coche, en parecidas condiciones, en un barrio rico de Palo Alto, California. No pasó nada. Durante una semana, el coche siguió intacto. Entonces, Zimbardo dio un paso más, y machacó algunas partes de la carrocería con un martillo. Debió de ser la señal que los honrados ciudadanos de Palo Alto esperaban, porque al cabo de pocas horas el coche estaba tan destrozado como el del Bronx.

Este experimento es el que dio lugar a la teoría de las ventanas rotas, elaborada por James Wilson y George Kelling: si en un edificio aparece una ventana rota, y no se arregla pronto, inmediatamente el resto de ventanas acaban siendo destrozadas por los vándalos. ¿Por qué? Porque es divertido romper cristales, desde luego. Pero, sobre todo, porque la ventana rota envía un mensaje: aquí no hay nadie que cuide de esto.

El mensaje es claro: una vez que se empiezan a desobedecer las normas que mantienen el orden en una comunidad, tanto el orden como la comunidad empiezan a deteriorarse, a menudo a una velocidad sorprendente. Las conductas incivilizadas se contagian.

Teniendo esto en cuenta cabría plantearse si la técnica, tan utilizada en los colegios, de sentar al gamberro con el empollón realmente surten el efecto deseado. Sería interesante saber si se contagian más las conductas incivilizadas que las civilizadas, si es al revés o si la opción de contagio es igual para ambas. En el caso de que la capacidad de transmisión del comportamiento incivilizado fuera mayor, sería interesante preguntarse por qué.

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Vindicación de la Sociología


Como Sociólogo, y como persona que busca trabajo en este campo, me parece indispensable exponer aquí el siguiente artículo de Salvador Giner, que titula de la misma forma que el post. Llevo mucho tiempo argumentando la necesaria labor de los sociólogos en el mundo actual, y criticando el poco caso que en tantas ocasiones se le hace a esta disciplina. El problema es que, tal y como expone Giner, esa incomodidad que muchas veces puede generar el resultado de una investigación sociológica, no se interpreta como oportunidad sino como amenaza.

Si a esto sumamos que mucha gente no conoce siquiera esta disciplina, o ignora cual es su fin, la problemática está servida. Una disciplina tan necesaria como la Sociología debería de ser, sobre todo ahora, una constante a la hora de enfrentarnos a prácticamente cualquier aspecto de los que nos ocupan en la actualidad.

Vindicación de la Sociología

Salvador Giner

Hace un par de semanas se hacía eco en la prensa un articulista de lo que decían algunos periódicos sobre un supuesto estudio sociológico en torno al estado de ánimo de los catalanes. No sólo no había leído el publicista el estudio al que se refería la prensa sino que éste, ay, no existía. (Véase mi propio artículo en EL PERIÓDICO, 9-IX-2008). No seré yo quien me querelle con él por estas minucias.

Sí, en cambio me inspira a pergeñar estos renglones su peregrina conclusión en la que nos regala con la afirmación de que en ese presunto estudio pasa ‘lo que sucede con los estudios de sociología: el punto final se limita a ratificar el punto de partida’. Eso pasa, ay, en muchos estudios: en economía, metafísica, química orgánica, geofísica e incluso en derecho constitucional. Pero naturalmente, en los mejores de entre ellos, y significativamente, en muchos de los sociológicos, no sólo no se da el caso, sino que lo que los dignifica es precismante no decir lo obvio, sino lo que no lo es. Y lo que es incómodo. Una especialidad de la incómoda sociología.

Estamos en tiempos de crisis –económica, ciertamente, entre otras cosas- y no está el horno para bollos, y menos para decir simplezas sobre disciplinas tan imprescindibles como lo es la sociología. Si alguna cosa puso de relieve el importante Foro Mundial de Sociología que se celebró en Barcelona a principios del pasado setiembre, justo antes de que los gobiernos comenzaran a acaptar y reconocer la crisis que no sólo algunos pocos economistas, sino también abundantes sociólogos, habían estado anunciando muy en serio desde hacía tiempo, fue la relevancia de esta disciplina que no se dedica precisamente a señalar lo obvio.

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Un trabajo para Pepe y para los demás


Acabo de encontrarme con esto:

“Hola, soy José Carlos y me he quedado sin trabajo. Yo he sido periodista algunos años pero debido a mi juventud me han ninguneado siempre. Al final, sin comerlo ni beberlo, mi jefe me ha dicho que me tiene que echar y aquí estoy, parado. Mi primo dice que el futuro ahora está en internet y tal y, aunque no creo mucho en eso, de perdidos al río”

Pepe ha abierto un canal en YouTube en el que irá narrando sus aventuras en busca de un trabajo y espero que os llegue al corazón y decidáis darle continuidad a esta historia. Cuantos más referenciemos este problema, más visibilidad conseguirá y podremos denunciar la precariedad de la profesión mientras echamos un cable al pobre Pepe, al que ya se le ve en el video con carita de desesperado.

Yo creo que realmente existe un problema actualmente y no sólo en el sector del periodismo. Yo creo que todos los que estamos buscando trabajo y estamos experimentando lo complicada que está la situación deberíamos de reincidir mucho más sobre este aspecto, ya que se habla mucho de la crisis y de los bancos y la bolsa, pero de los trabajadores y personas que quieren trabajar no se habla tanto.

No se olviden de Pepe, quiere y necesita trabajar. Tampoco se olviden del resto de cientos y miles de personas que están en una situación similar. Por cierto, yo no soy periodista, pero si sociólogo, si hay algún interesado, no duden en contactar conmigo.