El trabajo


De niño sueñas con lo que quieres ser de mayor, de mayor te despojan de los sueños, te arrancan toda ilusión y te convierten en mera herramienta y como tal cumple lo que se te ordena y calla.

Terminé de estudiar Sociología en diciembre de 2007, todo un regalo de navidad pensé, menudo gilipollas. Entrar al mercado laboral en la actualidad es verse sometido a una tortura que aniquila tu autoestima.

Para los puestos que te interesan no estás suficientemente cualificado, y nunca lo estarás porque nadie parece querer darte una oportunidad, no importan la ilusión, las ganas o las capacidades que tengas. Además, tendrías que atravesar las filas de los enchufados, que son un batallón dolorosamente numeroso.

La desesperación te lleva a buscar trabajo de lo que sea, pero tampoco pareces interesar a nadie. Ahí te ves en casa cuestionándote lo que haces mal. Desmoralizado, indignado y apurado porque las facturas se acumulan, la cartera está vacía y así pasan los meses.

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Marketing, mentiras y el rumbo equivocado


Me estoy leyendo “13,99 euros” de Frédéric Beigbeder. La verdad es que por ahora me está gustando bastante porque tiene ese toque ácido y corrosivo que le viene tan bien a una crítica feroz al medio publicitario.

Como se expone en la contraportada del libro, se trata de una “novela cruel, panfleto insolente y alegato contra la minipulación consumista”.

De este libro voy a poner a continuación un extracto que me pareció muy bueno:

“Lunes por la mañana, te diriges hacia la Rosse con plomo en las piernas. Reflexionas sobre la despiadada selección del Rey Marketing. Antes existían sesenta variedades de manzana: hoy sólo sobreviven tres (la golden, la verde y la roja). Antes los pollos tardaban tres meses en convertirse en adultos; actualmente, entre el huevo y el pollo que se vende en el hipermercado sólo transcurren 42 días vividos en unas condiciones atroces (25 animales por metro cuadrado, alimentados con antibióticos y ansiolíticos). Hasta la década de los setenta, podían distinguirse diez sabores distintos de camembert normando; hoy quedan, como máximo, tres (por culpa de la normativa sobre la leche «termopasteurizada»). Nada de esto es obra tuya pero ése es el mundo al que perteneces. En una Coca-Cola (10.000 millones de francos de presupuesto en publicidad en 1997) ya no se añade cocaína, pero sí ácido fosfórico y ácido cítrico para producir una ilusión refrescante y crear una dependencia artificial. Las vacas lecheras se alimentan de piensos ensilados que fermentan y les producen cirrosis; también las alimentan con antibióticos que crean unas cepas de bacterias resistentes, que, más tarde, continúan desarrollándose en la carne que se comercializa (por no hablar de las harinas cárnicas que provocan la encefalitis esponjiforme bovina, no vale la pena abundar en este tema, sale en los periódicos). La leche de estas mismas vacas contiene un nivel de dioxinas cada vez más alto, debido a la contaminación de los pastos. Los peces de piscifactoría se alimentan, a su vez, con harinas de pescado (tan nocivas para las especies como las harinas cárnicas para el vacuno) y de antibióticos… En invierno, las fresas transgénicas ya no se congelan gracias a un gen extraído de un pez de los mares fríos. Las manipulaciones genéticas introducen pollo en la patata, escorpión en el algodón, hámster en el tabaco, trabaco en la lechuga, hombre en el tomate.

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Malditos intermediarios


El intermediario lleva siendo un blanco en mi punto de mira desde hace ya algún tiempo. Comenzó a molestarme mucho su figura cuando descubrí lo que recibe el agricultor por su producto, y el precio que este tiene una vez llega a la tienda y se pone a la venta para el consumidor.

Entiendo que entre el agricultor y el supermercado hay un transporte el cual supondrá un incremento del precio del producto, supongo que nadie tendrá un problema con esto, de hecho a todos nos parecerá correcto que así sea. Si solo fuera esto lo que grava el precio no habría ningún problema, este surge con los intermediarios que en casos hacen que el producto se venda a un precio encarecido en un 400% con respecto al precio de partida. Esto es totalmente desmesurado.

En relación a esto, es muy interesante la reflexión de Umair Haque de la que se hace eco Perogrullo, en la cual, tomando el ejemplo de Michael Jackson, expone el papel que juegan los intermediarios y la cantidad de dinero que cae en sus redes.

Yo creo que no hay que tener un sentido de la justicia demasiado desarrollado para considerar que lo justo es que la persona que crea, produce o aporte algo a un producto sea el que se vea remunerado en mayor cuantía. Lo justo sería que el agricultor se lleve la mayor parte, que el cantante sea el que más dinero gane con sus creaciones musicales, el autor con sus libros… Lo que es injusto e incorrecto es que los intermediarios sean los que se llenen los bolsillos cuando no aportan nada al producto, que las discográficas se embolsen los millones cuando son los cantantes y músicos los que crean, que sean las editoriales las que saquen mayor beneficio de la habilidad de los autores con las palabras.

La agricultura y la ganadería son el principio más básico que sustenta nuestra vida, sin ellas se tambalea la estructura de esta pirámide, sin ellas todo lo demás no es posible, lo mínimo sería que esta labor de tan vital importancia para la supervivencia del ser humano, que además se caracteriza por una considerable dureza y sacrificio para quien quiere realizarlas con seriedad, es que estas personas reciban un pago que se corresponda con la importancia y el esfuerzo de estas labores.

Y lo mismo va por el resto de labores en las que unos intermediarios astutos, con suficiente poder para obligar a los productores y creadores a vender su alma al diablo, se aprovechan de estos y se llevan una parte que en realidad no les corresponde y que no merecen, que además perjudica al productor o creador y a nosotros los consumidores.