
Ayer se celebró el Día Mundial de la Tierra. No se si reírme o llorar por dicha celebración en estos momentos en los que vamos por el mejor camino de destrozarlo totalmente. Está bien que haya un día para recordar que sin la tierra todo ese embrollo económico sobre el que fundamentamos nuestra vida, y todo lo material mediante lo que, desgraciadamente, nos definimos no tendría cabida, lógicamente. Pero por desgracia creo que la mayoría de la gente ni se habrá enterado de este día, y los que lo hicieron probablemente no cambiarán en nada su conducta.
Es triste observar al mundo y darse cuenta que tanto políticos como los individuos en general anteponen cuestiones económicas y puramente egoístas a una necesidad básica para el bienestar general. También es llamativo lo vagos que podemos llegar a ser que no reciclamos porque nos parece cansado separar la basura, apagar una luz o cerrar el grifo mientras nos lavamos los dientes.
Quizá todo comenzó con los zapatos, cuando perdimos contacto con la tierra, cuando dejamos de sentir en la planta de nuestros pies la caricia de nuestro planeta, el susurro de sus entrañables senderos. Quizá fue entonces cuando dejamos de sentirnos parte de ella, y dejamos de sentir empatía porque no sentíamos el dolor de nuestras patadas en su vientre, pues los zapatos habían insensibilizado nuestros pies y a través de ellos nuestra alma. Después vino el cemento, el hormigón y el asfalto, dejando muda a la tierra, incomunicados en esta inmensidad porque tapamos su boca con una banda censuradora que le impide gritar y suplicar por un poco de compasión. Es triste ver como exprimimos a nuestra madre hasta dejarla sin vida, dejándole una única vía para explicarnos y mostrarnos nuestros errores y es hacerse inhabitable.
Madre no hay más que una se suele decir, aunque ello no es más que una razón más de las miles que se pueden dar para exigir un respeto por la naturaleza, por la flora y la fauna. Quizá sería conveniente quitarnos los zapatos y sentir de nuevo el latir del corazón de nuestro planeta. A lo mejor en ese trámite, al notar que a través del cemento y del asfalto no se alcanza a sentir el ciclo cardíaco de la tierra arrancaríamos con nuestras propias manos si es necesario todas esas capas que se interponen entre la corteza y nosotros, todas esas construcciones que encierran a la tierra en una jaula de cemento en la que apenas puede respirar.
¡Por favor, se consciente, pisa en la tierra pero no la pises a ella!

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