El retrato de un televidente


Retrato de un televidente

La lectura le cansa (…). Intuye. Prefiere el significado resumido y fulminante de la imagen sintética. Ésta le fascina y lo seduce. Renuncia al vínculo lógico, a la secuencia razonada, a la reflexión que necesariamente implica el regreso a sí mismo (…). Cede ante el impulso inmediato, calido, emotivamente envolvente. Elige el living on self-demand,ese modo de vida típico del infante que come cuando quiere, llora si siente alguna incomodidad, duerme, se despierta y satisface todas sus necesidades en el momento.

Ferrarotti, 1997

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La "esposa"


Mafalda

Me ha encantado esta viñeta de Erlich publicada en El País, deja muy clara la enfermiza relación del ser humano con el televisor. Además me hace gracia porque conozco muy bien los casos de personas que pueden sobrellevar perfectamente determinadas averías en su casa, pero como se rompa el televisor están dispuestos a lo que sea. Pensándolo un poco, Homer Simpson cada vez más deja de parecerme una caricatura y con progresivas reflexiones se convierte en un retrato.

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Doble de horas de tele que de clase


Un estudio hecho en Valencia concluye que los escolares de más de 6 años pasan de 1.500 a 2.000 horas anuales frente al televisor, mientras que en las aulas solamente 1.000. Esto no será muy diferente en otras regiones de España, y es que en general la televisión ocupa toda la atención en las casas, está en el centro de todas las miradas, en su altar en la mitad de la habitación, todos los asientos apuntan hacia ella, y la actividad familiar se centra en gran medida y gira en torno a la televisión. A la conversación, la comunicación no le queda apenas tiempo y espacio en las familias modernas. Si a ello se une la desinformación, la falta de capacidad crítica y la creciente falta de interés por todo en general, tenemos un cocktail explosivo y que es perfecto para que los ciudadanos sigamos sumergidos en un estado de entumecimiento del cerebro y por tanto fácilmente manipulables y por tanto también controlables.

No es una novedad decir que en los colegios no son la panacea, pero también es evidente que la televisión en general es aún peor, y lo que por ella se transmite es un auténtico atentado contra la inteligencia humana, pero es precisamente lo que sirve a quienes tienen el poder. Fomentar la capacidad crítica y la formación mental de las personas no trae más que disgustos, mientras que mantener a la gente ocupada con las desgracias de los famosos y con cotilleos nefastos sobre todo tipo de imbéciles que no saben hacer nada, mantiene entretenido a los televidentes además de mantener su mirada alejada de otras cuestiones de mayor relevancia.

La televisión en sí, no es ni buena ni mala, es simplemente un mecanismo de difusión masiva, lo negativo o positivo es lo que se emite, y desgraciadamente no es nada que reporte algo a los televidentes, no vemos programas que nos transmitan una información y que una vez terminada la exposición nos anime a apagar el televisor y comentar lo que hemos visto en familia o en compañía de quienes estemos, debatir sobre lo que se nos ha expuesto y llegar a nuestras propias conclusiones. Lo que se pretende es convertir al telespectador en algo que el sistema capitalista adora, en una máquina de consumo, en un consumidor compulsivo cuya mayor obsesión está en tener constantemente algo nuevo, puesto que esto es lo que genera beneficio. El bombardeo constante de imágenes y publicidad que generan un estrés y una ansiedad en quien controla el mando, que ya tiende a ser incapaz de concentrarse en una cosa y “zapea” de un canal a otro intentando ver varias cosas a la vez y ninguna en concreto. Delante del televisor nos convertimos en zombies babeantes que engullen toda la mierda putrefacta con la que nos alimentan sin ningún tipo de miramientos y carentes de reflexividad, sorbemos la estupidez a cucharadas desde la más tierna infancia.

Por esta razón, aunque la escuela en la actualidad no sea gran cosa, siempre es mejor que la actual televisión, que podría ser otra cosa, pero no lo es, y por tanto es evidente también que si los niños pasan el doble de horas delante del televisor que en las aulas, lo que acabará impregnando más sus mentes, el agua que hará pesada su esponja que es la mente, no será la materia aprendida en la escuela, sino que la mayor parte de dicha agua será lo que les haya contado la televisión. Y no se trata aquí de incrementar las horas de colegio, que quizá no estaría mal tampoco si la escuela fuera diferente, sino en reducir las horas de visionado de televisión de los niños. Es importante que los padres dejen de ver al televisor como la niñera perfecta, y es importante también que la televisión no ocupe el lugar central de los salones y de las casas, sino que se la espante y castigue a ocupar un lugar secundario en el seno de la familia. Sería conveniente que las personas en general no veamos como algo normal tener el televisor todo el día encendido y tampoco que nuestro impulso primario al pisar lo que concebimos como hogar sea pulsar el mando del televisor para que irrumpa su mensaje “estupidizador” en nuestra casa. Todos esos hábitos televisivos tan obsesivos no son sanos, y es importante que los superemos y “desnormalicemos” porque sus efectos ya están patentes en nuestra sociedad, una sociedad aborregada, en la que la imbecilidad recorre todos los ámbitos y en la que el acto de pensar ha quedado reducido a un mero chiste, algo que prácticamente ya no se sabe ni lo que es.

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