Racismo y la forma de tratar el tema


El racismo es, desgraciadamente, un fenómeno aún muy frecuente, es una realidad, incluso en ocasiones es un realidad soterrada, de la que las personas no se dan cuenta, en ocasiones se puede tener un prejuicio racista sin ser siquiera consciente de ello, incluso sin que el resto de las personas se den cuenta porque no se suelan dar las circunstancias para que salga a la luz.

Hace no mucho, una universidad hizo el experimento y creó una especie de juego en el que se mostraban personas, blancas y negras, armadas y sin armas, y se medía el tiempo de reacción ante cada persona a la hora de dispararles o de dejarles con vida en caso de no estar armados. Se llegó a comprobar que la gente dudaba un poco más a la hora de no disparar a un hombre negro no armado que a uno blanco, y de la misma manera disparaban más rápidamente a un hombre negro armado que a una blanco. Seguramente, un gran número de personas que hizo este test quedó impactada por sus reacciones, cuando se consideran incluso enemigos del racismo. Esto sería un claro ejemplo de ese racismo soterrado que en un momento dado puede emerger y salir a la luz.

Precisamente, para aquellos casos en los que ese racismo sale a flote, y tenemos oportunidad de hablar con la persona que ha exhibido su racismo, en un momento determinado, es conveniente recordar lo que se expone en el vídeo que hay sobre estas líneas. Es importante resaltar este acto de racismo y no discutir sobre si la persona es o no racista.

Vía | Eduardo Arcos

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Los olvidados


Vivimos en una sociedad en la que muchos mayores viven en el olvido. Muchos están solos. Salen a la calle en busca de un interlocutor, alguien con quien hablar un rato, pero en demasiadas ocasiones no lo encuentran. No nos tomamos el tiempo de entablar una conversación, nos parecen pesados, atontados y poco interesantes. En general es esa la visión que tenemos de nuestros mayores. Son los grandes olvidados de la sociedad.

El otro día conocí a Mario. Yo me estaba comiendo un helado. En Santa Cruz hacía un calor sofocante, que convertía los paseos en una agonía. Allí en la sombra y unas sillas más allá se sentó un hombre mayor. Miró mi helado desconsolado y me confesó que él no podía comerlos porque era diabético. En su rostro se veía que en aquellos momentos anhelaba comerse uno, desgraciadamente su salud no se lo permitía. He de confesar que al principio fui un poco reticente a hablar con él, deambulan demasiados chiflados por el mundo. Pero enseguida me di cuenta de que este hombre no lo era, simplemente se trataba de una persona que quería hablar con alguien.

Yo conozco ese deseo de hablar. Si pudiera hablaría hasta por los codos. En una ocasión, tras semanas estudiando para los exámenes de septiembre me invadió esa necesidad de hablar con alguien. Me pasé unas cuantas semanas totalmente sólo. La gente que conocía no estaba, y mi día consistía en levantarme temprano e ir a la biblioteca a estudiar. Pasadas unas semanas, un día me encontré con un conocido. A pesar de que no tenía demasiada confianza con esa persona, lo arrollé con palabras. Pobre chaval, tuvo que preguntarse por qué razón un tipo al que solo pretendía saludar no dejaba de hablarle.

Las personas a fin de cuentas, somos un animal social, y aunque algunos disfrutamos también de la soledad, cuando esta se torna en constante, nos cansamos de “hablar” siempre con nosotros mismos y ansiamos otro compañero de conversación. Yo lo entiendo, y demasiadas veces le negamos esa necesidad a muchos de nuestros mayores.

Hablé por lo menos una hora con aquel hombre. Él me habló de política, de su ex mujer, de su vida… y yo le expliqué lo que era la sociología y para lo que servía. Estábamos de acuerdo en algunas cosas, en otras no. Pero el desacuerdo no derivaba en un enfrentamiento dialéctico, simplemente se trataba de una discrepancia. Pasó el tiempo y finalmente aquel hombre, antes de marcharse, dejó de ser anónimo para decirme su nombre. Mario, un hombre sencillo, que paseaba una calurosa tarde por Santa Cruz y que agradeció que alguien compartiese un poco de su tiempo y hablase con él.

No deberíamos olvidarnos de nuestros mayores, porque el día que nosotros seamos ellos, y créanme si les digo que ese día llegará antes de lo que pensamos, tampoco querremos ser olvidados.

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