Ascetismo liberador, una filosofía para la vida


Estampida de caballos

En nuestro tiempo, hemos convertido la satisfacción de los placeres en el fin íntegro de la vida y por tanto de nuestra existencia. Está bien, no creo que sea criticable que alguien quiera satisfacer sus placeres, entiendo que todos, o al menos la gran mayoría, ansiamos hacerlo con mayor o menor intensidad. Pero cuando se torna enfermizo es cuando comienzan los problemas. Y considero que es ahí donde nos encontramos ahora mismo, en ese punto que calificaría de trastorno, que nos perjudica profundamente.

A medida que avanza la historia en los países desarrollados, la capacidad de sufrimiento de las personas ha caído por debajo del umbral mínimo aceptable. Claro que en tiempos de bonanza el problema que ello acarrea podía pasar desapercibido, pero ahora que las personas ven nuevamente que la vida implica un alto componente de sufrimiento son muchos los que no lo soportan.

Todos conocemos, o incluso nosotros mismos somos, personas que ante cualquier adversidad reaccionan como si de una tragedia se tratase, en cualquier detalle que no salga según lo planeado encuentran un drama. Bajo mi punto de visto eso implica tener un problema, y serio además. Si en la vida no te acostumbras a las caídas, la vida será un largo camino agónico que terminará en una muerte triste como culminación al dramatismo de la misma. Por ese miedo a la muerte y al final de la vida y al sufrimiento que la misma acarrea, toda una masa de personas han abrazado el hedonismo más absoluto, creyendo hallar en él la solución a todo.

El ascetismo liberador no es, ni implica un dogma férreo de la negación de los placeres materiales o abstinencia. De hecho entender cualquier ideología de manera dogmática ya de por si es un error, porque ello implica la imposibilidad del derecho a réplica, y sin réplica el mundo se para. El ascetismo liberador por tanto tampoco es el conjunto de procedimientos y conductas de doctrina moral que se basa en la oposición sistemática al cumplimiento de necesidades, o no debe ser entendida de esta manera. El ascetismo liberador es la toma de consciencia de que la vida tiene un fuerte componente de sufrimiento, de dolor, en ocasiones físico, a veces psicológico y en el peor de los casos de los dos tipos. El ascetismo liberador por tanto incita a lidiar con ese dolor a diferencia del hedonismo, que en el fondo no es más que un símil del intento frustrado de mitigar el dolor con la bebida, y una vez pasado el efecto reaparece. Punto en el que queda patente la gravedad de la problemática.

Si huimos del dolor a través de la búsqueda del placer, no superamos el dolor, solo lo ocultamos detrás de una experiencia placentera, esto implica que para mantener dicho dolor oculto y que no vuelva a la superficie debemos enlazar una experiencia placentera con otra. Esto puede provocar resistencia, como el abuso de fármacos, y llega un punto que las experiencias van en un crescendo hacia un absurdo desmesurado por la necesidad de intensificar un placer que se desvanece por su reiteración constante. Es una cuestión dialéctica: apreciará una carcajada aquel que es capaz de llorar ríos de lágrimas. La carcajada constante que algunos tratan de practicar en su vida tiene como resultado el ser desposeída de la virtud de la misma, haciendo que sea un mero gesto sin la sensación reconfortante que, en circunstancias normales, la acompañan. Por ello el ascetismo liberador implica que el individuo abrace el dolor, no en el sentido de incentivarlo y retroalimentarlo, sino de lidiar con él.

En la vida hay momentos tristes, momentos felices y hay muchos momentos que no tienen ninguna carga emocional. Hay muchas cosas que tenemos que hacer por el simple hecho de existir y la necesidad de cubrir ciertas necesidades básicas, es algo que debemos asumir por nuestra condición de humanos. Un animal no se plantea el motivo por el cual debe ir a cazar, lo hace porque tiene un instinto de supervivencia que le hace desear satisfacer el hambre que siente. No tiene sentido plantearse el motivo de hechos inalterables. Lo que ha ocurrido, con el paso del tiempo y del creciente hedonismo masivo, es que los momentos tristes se han edulcorado a base de diluirlos, de ocultarlos o incluso de ignorarlos; los momentos felices por su parte se han visto afectados por estas prácticas y han perdido su fuerza, ahora, igual que los momentos tristes, son una vaguedad, un placebo que no produce más que una tímida sonrisa. Y los momentos sin carga emocional se han dotado de la misma, de manera que para muchos algo que antes ni se cuestionaba ahora se ha convertido en un drama. Seguramente este letargo sentimental que ha generado la dilución de las sensaciones ha provocado por otra parte el ansia de sentir en las personas, que en vez de romper con este ciclo han optado por dotar al sinsentido de emociones y así disfrutar o sufrir con aquellas cosas que a priori no tenían carga emocional alguna.

El ascetismo liberador por lo tanto no implica, como ya decíamos antes, la negación de los placeres, todo lo contrario, cuando se den las circunstancias para sentir placer, para reír, para disfrutar, hay que vivir esos momentos plenamente. Ahí radica la importancia del dolor y el sufrimiento, porque solo el que es capaz de soportar el dolor al que te expone la vida, podrá vivir con plenitud esos momentos felices. Conocer el dolor de verdad, haberlo sentido sin mediación, sin filtro, te otorga la consciencia de conocer los extremos a los que nos vemos sometidos, y solo así los momentos de felicidad pueden ser disfrutados plenamente y de manera consciente.

Dentro de la filosofía contemporánea destaca Michel Onfray como abierto proponente del hedonismo, quien manifiesta en una entrevista que «se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios». Precisamente, el aspecto de disfrutar de la existencia, es algo que se alcanza gracias a esa balanza en los aspectos negativos y positivos que alberga la vida.

Con el ascetismo liberador se incentiva por tanto no convertir en drama algo que no tiene sentido que lo sea, no huir de aquello que realmente nos cause dolor sino lidiar con ello, hacer deporte, cuidar la alimentación, alejarte de las sustancias que nublan tu juicio y que precisamente están para aturdir la percepción y no vivir los momentos como son en realidad, sin mediación. Puede parecer sacrificado, y no nos engañemos, lo es, pero los frutos bien valen el trabajo duro de labrar la tierra, aquello que podría considerarse sacrificio, que es precisamente lo que hace que se convierta en una bendición.

Imagen | Imagenes y gráficos

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Copiando copias


Las risas se apagan con las luces. Solo queda un suelo pegajoso, un montón de botellas vacías y copas con hielo derretido. Un local vacío. Visto ahora parece impensable que un rato antes aquellas paredes contuviesen tanto barullo.

Los actores ya no son aquellas personas que se sitúan en el escenario, es el público el que actúa. Intérpretes de una falacia llamada vida. El actor se torna espontáneo y sincero, mientras el espectador estudia delante del espejo hasta su forma de sonreír.

Demasiados posados, poses, posturas, postureo. Vida… de photocall, convertida en show y, gracias a Facebook, en reality. Es el hedonismo llevado al extremo, pero interpretado a través de una acepción vacía del mismo. Se ha pasado de la búsqueda de la satisfacción de los deseos naturales y necesarios y los naturales e innecesarios a una sociedad obstinada únicamente con los deseos innaturales e innecesarios, aquellos sobre los que incluso Epicuro manifestó considerables inconvenientes.

El deseo incesante y descerebrado de alcanzar la popularidad es una nueva forma de esclavitud. Buenos ejemplos de ello son la moda y la cirugía estética. Con un paseo basta para descubrir que en las aceras confluyen copias de copias photoshopeadas, carentes de expresión en el rostro y con un aspecto caricaturesco, muy alejado de la belleza.

Las redes sociales se han convertido en un diario que cuenta una vida que el protagonista hace mucho que ha dejado de vivir. Cada paso debe ser documentado. Es inaceptable que no exista una prueba gráfica de haber estado en cualquier lugar y situación, por banal que sea. Se pierde así la vivencia por la preocupación de tener la foto, de poner la pose estudiada, la que convierte los álbumes en una colección que podría sustituirse por una figura de cera postrada sobre escenarios cambiantes que pueden generarse perfectamente con un croma. La vivencia sería exactamente la misma, ninguna.

Cada día parece más revolucionario tener ideas propias, decir lo que piensas sin miedo a lo que puedan pensar, a la manera en la que puedas ser juzgado por ello. Lamento que algo tan básico se haya convertido en un acto de rebeldía, cuando es precisamente lo que nos ha hecho avanzar. Por fortuna aún quedan bastantes personas dispuestas a la espontaneidad, a arriesgarse a quedar mal en una foto y a decir algo impopular si es lo que realmente piensan.