Paseando por las tiendas estrenando ropa


Lo he denunciado en diversas ocasiones, vivimos en un mundo tan sumido en el consumismo que ya no paseamos por calles y paseos sino por centros comerciales y tiendas, ir de tiendas es un pasatiempo, queremos novedades constantes, novedades que dejan de serlo en el mismo momento que están en la bolsa y abandonamos el establecimiento donde las hemos adquirido.

Estrenamos la ropa mientras vamos de compras buscando prendas nuevas que llevar mañana. Si lo llevan los famosos lo queremos tener. Aunque creemos ser más libres que nunca es todo lo contrario, estamos esclavizados hasta cotas insospechadas. Esclavos del consumo, de la moda, de la aceptación, de la imagen, creemos que en ello está la felicidad, y al ver que la supuesta felicidad que nos proporcionaría lo que está en la bolsa no dura más que unos escasos segundos, prácticamente imperceptibles, la prevemos en nuestra siguiente compra, pero en ella tampoco estará.

En una ósmosis casi perfecta las empresas dedicadas a la moda nos han impuesto un modelo, nosotros lo hemos aceptado e incluso lo hemos magnificado generando ahora una presión mayor sobre las empresas, y estas encantadas con ello, fomentan este nuevo modelo, enviando ropa nueva semanalmente o incluso dos veces en semana a sus tiendas para saciar nuestra desmesurada ansia por estrenar y consumir. El capitalismo fomenta este tipo de comportamiento, este tipo de adicción, la falta de control que siempre beneficia a un colectivo concreto, el de los empresarios, que hacen un buen negocio con nuestra esclavitud y nos esclavizan aún más. Somos esclavos del deseo de lo inmediato, y por tanto también de lo caduco, porque lo inmediato tiene una fecha de caducidad inminente, prácticamente instantánea.

Por este deseo descontrolado, del que caemos presos, nos endeudamos para adquirir «cosas» que no nos dan la felicidad, y así somos aún más esclavos, esclavos en busca de la felicidad en el lugar equivocado, abocando nuestra vida a la miseria y al fracaso emocional más obsceno, todo ello patrocinado por nuestras grandes marcas preferidas.

Yo no creo que este mundo de usar y tirar sea un mundo deseable, yo no creo que este consumo desmesurado sea coherente, y tampoco creo que nuestra obsesión por lo nuevo nos lleve a nada bueno, vivimos en un mundo remarcadamente superficial, en el que la ignorancia campa a sus anchas y en el que mientras cada vez somos un poco más esclavos nosotros nos preocupamos tan sólo por consumir y por sumirnos en un estado de ausencia mental, en el que nuestras preocupaciones se reducen a suplir tres o cuatro necesidades muy básicas y poco más, en definitiva una existencia «estupidizada» y lamentable.

[tags]Capitalismo, consumismo, esclavitud, moda, ignorancia, felicidad[/tags]

Un castigo ejemplar


Acabo de leer que en Bilbao cinco menores limpiarán el metro como castigo por los destrozos provocados en una estación. Este son el tipo de castigo que a mi me gustaría que se implementaran con más frecuencia, siempre que alguien tenga un comportamiento incívico con instalaciones públicas deberían de imponerse sanciones de este tipo, correspondientes con la acción llevada a cabo por el vándalo. Si rompe que arregle, si ensucia que limpie.

Creo que esto sumado al pago de una multa para cubrir los costes del material requerido para el arreglo servirían para que la gente tomara mayor conciencia, fomentaría el comportamiento cívico y creo que evitaría en mayor medida la reincidencia.

En la actualidad lo habitual es que la sentencia sea una multa. El problema es que las multas no tienen una mayor repercusión en la toma de conciencia, muchas personas ni siquiera las pagan, otras las pagan y no tienen duda en reincidir, quizá lo único que harán es tener más cuidado la próxima vez para evitar ser vistos, pero esto no elimina la acción vandálica o incívica. Mientras que si el que destroza, ensucia o comete cualquier acto que atenta contra las instalaciones públicas es castigado con la obligación del arreglo o limpieza, el sujeto tiene un contacto con una labor hasta entonces, seguramente, ignorada por él. De esta forma el vándalo se mete en la piel del que, de no haber sido «pillado» en su fechoría, tendría que haber puesto orden al destrozo.

Además sería importante fomentar la toma de conciencia de la población de que las instalaciones públicas son eso, públicas, por tanto de todos, y si rompes algo que es de todos, todos somos los perjudicados, y además todos tendremos que pagar por ello. Pero dado que esta idea es algo más complicada, por lo abstracta que puede parecer a muchos, es más rápido fomentar la conciencia de que tú destrozo requiere un esfuerzo considerable tanto para su arreglo que va unido a un coste económico considerable, y hacer ver ambos al infractor, de forma que tenga una mayor visión de las consecuencias de su acción, consecuencias que él seguramente nunca se planteó de forma extensa.

Ojalá este tipo de medidas se impusieran en mayor medida, creo que podrían ser muy positivas para incentivar la toma de conciencia y el comportamiento cívico en la población.

[tags]Castigo, vandalismo, instalaciones públicas, civismo, conciencia[/tags]