El golpe en la mesa


Golpe en la mesa

Michael es un tipo tranquilo. Siempre lo ha sido. Es el típico tío al que parece que nadie puede sacar de sus casillas. Esa clase de tío de los que cada vez parecen quedar menos. La mayor parte de las personas nos pasamos la vida estresados y de mal humor desde primera hora de la mañana. Él en cambio está de buen humor, risueño y tranquilo. Nosotros apuramos hasta el último minuto. Michael prefiere salir de su casa con tiempo. Así no permite que la sensación de no llegar a tiempo le agobie.

Hay cosas que le molestan, como a todos, pero su tolerancia es mucho mayor a la de la mayoría. Incluso cuando algo le molesta no suele hacerlo notar. En su experiencia es preferible soportar algo poco molesto que iniciar una discusión mucho más desagradable, la cual, por norma general, rompe definitivamente con la tranquilidad, o la posibilidad de esta.

Algo que no soporta es el comportamiento incívico en el que caemos a diario. Mientras nosotros tendemos al hedonismo más absoluto, él aún cree en la necesidad del respeto mútuo. A él le tiran la puerta en la cara mientras él se la sujeta al resto. El eco de las escaleras es el único que le devuelve el saludo. Michael espera su turno en la barra para pedir. Es el primero en llegar pero el último en comer. Todo eso le molesta. Aún así, nunca dice nada. Le molesta lo justo para no amargarse.

Sin embargo, nuestro comportamiento es lógico. Nuestra vida es demasiado estresante para saludar al paleto de Michael todas las mañanas. No tenemos tiempo de aguantarle la puerta, tenemos prisa. ¿Es que no sabe hacerlo por si mismo? Joder, ¿acaso es inútil? La ciudad es la selva. Los leones tampoco le preguntan a la gacela si quiere ser devorada. Es la ley del más fuerte. Cuando vamos a un bar, tenemos poco tiempo. No vamos a fijarnos si hay algún llorica delante que no sabe abrir la boca cuando tiene un camarero cerca.

Cuando Michael por fin consigue hablar, rara vez logra terminar su frase. Atropellado por el resto, él espera nuevamente su turno, la oportunidad de hablar. Pero no dejamos un hueco para la intervención. Estamos demasiado enamorados de nuestro propio discurso. Y seamos sinceros, no nos interesa lo que pueda decir Michael. Es el típico tío que se cree filósofo. Un jodido coñazo. Pretende hacernos reflexionar sobre nuestra forma de vivir. Menudo gilipollas. Nuestro estilo de vida es alucinante. Debe ser un amargado. Quiere frustrarnos a todos con su mierda.

Es una tarde como cualquier otra. Acabamos de salir de trabajar. Un día jodidamente largo. Fuera está lloviendo. Hace frío. Pero después del día que hemos tenido apetece una cerveza fría y un cigarro. Pero como ahora ya no nos dejan fumar en los bares, habrá que joderse y conformarse con la cerveza. Siempre vamos al Gulliver’s. Es el mejor sitio para terminar el día. Es oscuro, huele a madera y alcohol y aún se nota el olor del humo frío impregnado en el local.

Como de costumbre el coñazo de Michael se pide un refresco. Rodrigo y José hablan de las tetas de la camarera mientras Fernando disfruta de un buen sorbo de cerveza. Aprovechando un momento de silencio Michael empieza a hablar. Habla de lo lamentable que es el comportamiento de muchas personas hacia los camareros. Dice que por llevar un traje no tienes derecho a infravalorar el trabajo de otros. ¡Ya estamos! Nosotros cobramos mucho más que la camarera, por algo será. Además, ¿qué pretende el toca pelotas este? Hemos tenido un día durísimo. ¿Ahora nos va a hacer sentir mal en el poco tiempo libre que nos queda? ¡Joder! Menos mal que Rodrigo arrolla el discurso aburrido de Michael con una retahíla de comentarios sobre las tetas de la camarera.

Justo en ese preciso instante Michael golpea la mesa con fuerza. Las jarras rebotan en la mesa derramándose parte de la cerveza. El estruendo retumba en todo el local. Todos nos quedamos de piedra. Es la primera vez que vemos a Michael así. Nadie habla. Michael nos mira a todos con cara de asco y rabia. Bebe un buen trago de su refresco, y cuando parece que va a empezar a hablar, toma aire y no dice nada. Coge su chaqueta del respaldo de la silla y se va.

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