Si es que son unos chiflados


Maruja Torres es una persona que me hace gracia, no he leído mucho de ella, y si digo la verdad tampoco se mucho acerca de esta mujer, pero desde que la vi una vez en el programa de Buenafuente, me pareció una persona crítica y divertida a la vez, una mezcla que a mi personalmente me encanta. Y es por eso que cuando hoy leí un pequeño artículo de ella en El País, no pude evitar alegrarme, primero de que una persona así tenga un trocito de página en el que publicar sus ideas; y segundo, porque siempre me alegra comprobar que no soy el único que piensa que el fanatismo religioso perjudica la vida en común de las personas, y que es un freno a la lógica y el desarrollo de ésta.

A fuerza de sumar espectadores de sus fastos, el Vaticano ha acabado por creerse su propia publicidad; es decir, que miles de millones de seres humanos siguen su retrógrada doctrina (la del Vaticano, digo: dejemos a Cristo en paz) con venda en los ojos y tapones en las orejas. Pues no. No sólo lo del no sé qué de Da Vinci va viento en popa desde que fue incluido entre las prohibiciones del Deuteronomio (junto con no folgar con la cabra del vecino), sino que a bastantes italianas (e italianos, espero) no les cabe en el intelecto que L’Osservatore Romano (órgano vaticano, pero órgano tipo tipográfico, no tipo miembro corporal) haya puesto el grito en lo alto porque la ministra de Sanidad ha anunciado su buena predisposición a que los hospitales usen la píldora abortiva, y a que las parturientas disfruten de -lo pongo entre signos de admiración por lo escandaloso que me parece que hasta ahora no dispongan de dicho paliativo- ¡anestesia epidural gratuita en los hospitales públicos! O sea, que esos patriarconazos no sólo se inmiscuyen en la reproducción, o no, privada o pública; es que también se entrometen en la compasión y el derecho a sufrir lo menos posible. Las embarazadas, nada de abortar. Y las que no abortan, sino que dan a luz, nada de no sufrir. Jódanse las unas y las otras, amén.

Me gusta que las mujeres sean reivindicativas, y más siendo ellas las principales víctimas de todo este tipo de medidas y «leyes» impuestas por los que yo no llamaría patriarconazos, sino más bien patriarcoñazos.